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LIC. MICHEL BARDALES GARCÍA - Especialidad de Lengua y Literatura - Profesor del Área de Comunicación. Poeta, escritor y maestro difusor de la Literatura Amazónica. - Correos: setilx@hotmail.com / arpaganus@gmail.com

lunes, 16 de febrero de 2015

LA VENGANZA DEL MOTELO

LA VENGANZA DEL MOTELO


VÍCTOR MOREY
( )
M
amá motelo, preparaba esa mañana, la comida del motelito, socarrón, alegre, preguntón y rencoroso. Al lado de la madre, esperaba su ración, dando pasos lento y oteando el ambiente. De pronto, paróse delante de la mamá y le preguntó a boca de jarro:
- ¿Qué ha pasado con mi padre, mamá?
- El tigre lo ha comido, hijo – le contestó la madre-, por eso, debes crecer para vengar su muerte-añadió al momento de alcanzarle su comida.
El motelito, parpadeó varias veces indeciso y se puso a comer. Una vez que hubo terminado, pensativo con pasos vacilantes, se retiró, dirigióse al bosque a recostarse sobre la fresca hierba.
Esta ya por quedarse dormido, cuando apareció el tigre, y acercándose al motelito, le preguntó mimoso:
- ¿Eres tú el motelito hijo, no es verdad?
- Sí, soy yo – le contestó malhumorado.
- ¿Y qué has comido amiguito?
- Mi madre siempre me convida pan de árbol.
- ¿Y es rico el pan de árbol?
- Bonito es su sabor. ¿No quieres probar un pedacito que he guardado?- y, sacando del resquicio de la concha, le alcanzó una almendra del pan de árbol.
El tigre, lo probó y luego le dijo, relamiéndose:
- ¡Hummm!, en verdad es muy rico con razón lo comes todos los días. Y dime, Motelito. ¿Con tan rica comida, cuándo te haces grande para comerte?
- Yo no puedo crecer, solo tengo diez años todavía, le respondió algo amedrentado. Entonces el tigre, al notar su enojo y su turbación, cambió de tema preguntándole:
- ¿Cogerías una fruta para mí, Motelito? Quiero probar más de tu comida, que es muy sabrosa.
- Bueno, voy a coger una pata ti - Dicho esto, el motelito comenzó a trepar un árbol de pan, recomendando al tigre que no mirase arriba mientras subía. Si me miras, me vas a derribar- añadió volviendo la cabeza.
- No voy a mirar,- le contestó el tigre-. Tú mismo has de derribar un pan de árbol mientras yo espero. Más al poco rato, le preguntó:
- ¿Ya has llegado?
- No todavía, falta poco. Cuando encuentre uno bien maduro te lo voy a alcanzar. ¡No me mires! Tigre, que me puedes derribar, repetía a cada momento el motelito tratando de ubicarse sobre una alta rama, precisamente sobre el tigre, el que con la cabeza gacha esperaba tranquilo.
- ¿Llegaste ya?- volvió a preguntarle sin despegar los ojos del suelo.
- Todavía no; ya estoy cerquita, espera nomás, ¡no me mires!
Al tiempo de advertirle esta última recomendación el motelito después de acomodarse justamente sobre el tigre, se desplomó desde lo alto cayendo sobre él y destrozándole la cabeza por el fuerte golpe de su caída. El tigre cayó fulminado y el motelito vengativo, sentenció de esta manera:
- ¡Bien, hecho! Ahí estás estirado, ahora aguanta, porque has comido a mi padre. ¡Así lo que querido!

Otro día, la mamá motelo, estaba curando a sus nietos de <<cuchipe>>, peán, -enfermedad que constituye un flagelo en la selva- echándole brea caliente sobre las heridas.
De pronto, un tremendo tigre viejo, se acercó a la motelo y saludándole muy cortés, le preguntó:
- ¿Qué haces mamá motelo?
- Estoy curando a mis nietos su cuchipe- le contestó.
-  Me permites descansar a tu lado n ratito,- volvió a preguntar  el tigre, chasqueando su lengua como quien paladea un manjar.
- Bueno, -le contestó recelosa la Motelo, -ahí tienes la hamaca.
Luego, y cuando el tigre se acomodó de un salto en la red de <<chambira>>, le recomendó con cierta malicia: -No duermas de costado porque vas a tener malos sueños. Échate de espaldas y abre la boca para que respires mejor- añadió.
El viejo y complaciente tigre, haciéndole caso, se acomodó boca arriba y al rato estaba roncando.
Entonces el motelito apareció ante la llamada de la madre. Se acercó cautelosamente y tomando la mocahua de brea hirviendo, la vació en la boca abierta, con lo que el tigre saltó de la hamaca cayendo al suelo revolcándose en estertores de agonía, estiró las patas, lanzando tremendos rugidos de dolor, hasta que expiró.
El motelito vengativo, sentenció también esta vez, danzando alrededor del viejo tigre:
- ¡Bien hecho! Ahí estas estirado. Ahora aguanta, porque has comido a mi padre. ¡Así lo que querido!

En otra ocasión, el motelito, recostado en su hamaca, hacía música, tocando su cajita sonora, con tanto compás y sincronizado ritmo, que atrajo la curiosidad de un joven y lustroso tigre que pasaba en esos momentos por la morada de mamá motelo. Encantado por la bizarría del tamborileo que ejercitaba el motelito en su rústico instrumento, se acercó hasta la hamaca y le preguntó.
- ¿Qué tocas, motelito, que suena tan bonito?
- Es mi juguetito- le contestó el motelito volteando la cabeza para mirar al intruso.
- ¿Y, dónde has conseguido ese juguetito?
- Con candela lo han fabricado- respondióle mientras el tigre avanzaba embelesado a curiosear el artefacto sonoro.
- ¿No quieres venderme tu juguete, motelito?
- No, procura tú también sacarlo con candela como yo lo he conseguido. En un tinajón, mi madre me ha quemado para sacarlo para mí.
Fue entonces que el curioso tigrecito corrió donde su madre y mandaron preparar un tinajón de su porte. Luego acarreó leña, tal como le instruyera el motelito, y metiéndose  dentro, mandó atizar la candela. Al poco rato, sintió que el fuego cada vez más vivado, comenzaba a quemarle, y, lanzando un grito desesperado y gritó:
- ¡Ya me quemo, no aguanto esta quemazón! Y, saltando dentro de la tinaja, pugnaba por salir del horno que se había preparado.
El motelito que presenciaba la peregrina ocurrencia de su invento, trató de alentarlo diciéndole:
- No seas dejado, falta todavía, no te vayas a morir por el calor; así como se saca el juguito. No te quejes tanto, yo he resistido más que tú ese calor, cuando recibas tu juguete, retirare la tinaja del fuego.
En ese momento, las altas llamas que rodeaban el tinajón, furiosamente atizadas por el motelito, llegaron a sofocar al tigre que pataleaba dentro, hasta que se rompió en mil pedazos, cayendo el incauto cachorro sobre las brasas y carbonizándose al momento que lanzaba horribles rugidos de dolor.

Entonces, el motelito, gritó alborozado al ver muerto al tercero de los tigres que había comido a su padre. Y danzando alrededor del humeante cuerpo, sentenció, como era su costumbre.
- ¡Bien hecho! Recoge tu juguetito ahora. Ahí estás renegrido y quemado vivo. ¡Aguanta! Porque has comido a mi padre. ¡Así lo que querido!
Aquella tarde, el motelito danzó hasta que la noche envolvió la tierra con manta negra.


FIN

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